Rucci le hizo una estatua a Pereyra y ahora apoya al hombre que su maestro llamó “traidor y cagón”
Marcelo Rucci se presenta como discípulo y heredero político y sindical de Guillermo Pereyra. Lo recuerda en sus discursos, reivindica sus enseñanzas y hasta le levantó una estatua. Sin embargo, para las elecciones de 2027 decidió acompañar a Rolando Figueroa, el mismo dirigente al que Pereyra había calificado públicamente de “traidor” y “cagón”. Una contradicción que merece, como mínimo, una explicación.
Guillermo Pereyra no era un hombre de medias tintas. Cuando Rolando Figueroa decidió abandonar el MPN en octubre de 2022 para construir su propio camino electoral, el histórico dirigente petrolero fue terminante.
Lo llamó “traidor” y “cagón”. Cuestionó que no tuviera el coraje de competir en las internas y lo acusó de utilizar al partido para construir su carrera política y después darle la espalda.
No fueron declaraciones privadas ni trascendidos. Sus palabras quedaron registradas en distintos medios de comunicación de Neuquén y todavía pueden leerse.
Pereyra tenía una posición clara: las diferencias políticas debían resolverse dentro del MPN, dando la pelea electoral y respetando la historia del partido.
Cuatro años después, su discípulo y sucesor, Marcelo Rucci, parece haber elegido exactamente el camino contrario.
Una estatua para Pereyra, los votos para Figueroa
Rucci construyó buena parte de su legitimidad política sobre la figura de Guillermo Pereyra. Se presenta como su continuador, invoca sus enseñanzas y mantiene viva su memoria en cada oportunidad.
Incluso impulsó la inauguración de una estatua en homenaje al histórico dirigente petrolero en Rincón de los Sauces.
Hasta ahí, un reconocimiento comprensible a quien fuera su maestro y conductor.
Pero mientras homenajea a Pereyra en el bronce, Rucci organiza su estructura política para respaldar la reelección de Rolando Figueroa en 2027.
Según publicó Letra P, su estrategia consiste en disputar municipios petroleros, conquistar bancas legislativas y fortalecer su partido, mientras acompaña la continuidad del actual gobernador.
Es decir: Rucci pretende construir poder político propio llevando votos al mismo Figueroa al que Pereyra había condenado públicamente por traicionar al MPN.
¿Qué diría Guillermo Pereyra?
La pregunta resulta inevitable.
¿Qué diría Pereyra si viera a su heredero político trabajando para garantizarle otros cuatro años de gobierno a quien él mismo llamó traidor?
¿Qué pensaría al ver que su discípulo abandonó el MPN y ahora respalda electoralmente al hombre cuya salida del partido había repudiado con tanta dureza?
Rucci tiene todo el derecho de cambiar de posición política, construir su propio partido y elegir sus alianzas.
Pero también tiene la obligación política de explicar cómo compatibiliza esas decisiones con el legado que dice representar.
Porque no alcanza con mencionar a Pereyra en los discursos, descubrir placas o inaugurar monumentos.
La lealtad a un maestro también se mide en las decisiones que se toman cuando ese maestro ya no está.
El bronce no puede tapar la historia
Guillermo Pereyra dejó declaraciones públicas que no admiten demasiadas interpretaciones. Su enfrentamiento con Figueroa fue frontal, explícito y contundente.
Marcelo Rucci, en cambio, eligió acompañar a Figueroa y contribuir a su continuidad en el poder.
La contradicción es inocultable.
Quizás Rucci tenga razones para explicar semejante cambio. Lo que no puede hacer es pretender que las palabras de Pereyra nunca existieron.
Porque una cosa es levantarle una estatua a Guillermo Pereyra y otra muy distinta es respetar sus convicciones políticas.
Pereyra llamó a Figueroa “traidor y cagón”. Rucci lo quiere cuatro años más de gobernador.
Y mientras el discípulo abraza al hombre que su maestro repudió, la estatua permanece inmóvil.
El bronce no habla. Pero los archivos, sí.


